Peter Pan es un personaje de ficción creado dentro de la obra de teatro , Peter Pan y Wendy, ideada por el escritor escocés James Matthew Barrie, que todos conocemos después de su vulgarización por Walt Disney en una conocida película de dibujos animados. Nunca Jamás era un país con forma de isla, habitada por malvados piratas y por los Niños Perdidos. España, hoy por hoy, me recuerda mucho a Nunca Jamás.
Los piratas, crueles y sanguinarios, señorean Nunca Jamás expoliando todos sus tesoros. ¿Nos recuerdan a alguien? A mí sí, y a la vista de los últimos acontecimientos, mucho más.
España, después de la muerte de Franco en su cama del hospital de La Paz, bajo la atenta supervisión del “equipo médico habitual” dirigido por su yerno Cristóbal Martínez - Bordiú, vivió la tan laureada Transición que, a la postre, resultó no tan modélica como nos la vendieron en su momento y que hoy se ha manifestado como un gran timo. El timo que consiguió, por arte de birlibirloque, mantener incólumes los poderes reales del franquismo (bancos, grandes empresas, terratenientes, ricos de todo pelaje y, como no, la Iglesia Católica) que llegan hasta nuestros días y han incrementado, a costa de la ciudadanía, su poder y su riqueza… esto es así, nos guste o no, y lo que dicen en sus mendaces y acomodaticias memorias los que hicieron posible la Transición (Manuel Fraga, Felipe González y tantos otros) o los historiadores que vivieron, o viven, del pesebre público y mediático no son suficiente para ocultarlo. El poder real sigue incólume. Y sin pagar impuestos, como ha ocurrido siempre desde la Guerra Civil o, incluso antes de la Segunda República, pues la mayoría de estos poderes vienen de muy antiguo.
El PSOE, que ha ido dejando sus jirones ideológicos por el camino (la S de socialista y la O de obrero) es hoy un partido que culebrea entre ideas de izquierda que solo aparecen en sus programas electorales pero que, a la postre, se consolidan en el BOE como leyes de derechas que no cambian nada: La no derogación de la conocida como Ley Mordaza. Las leyes de protección del derecho a una vivienda digna que no terminan de aprobarse. El mantenimiento de una enseñanza concertada que debió desaparecer hace décadas. La paulatina privatización de la sanidad pública por la ausencia de leyes de carácter nacional que impidan a las autonomías de derechas enriquecer con dinero público a las empresas de sanidad privada. Las subidas de impuestos a las multinacionales y a los bancos que nunca terminan de concretarse de forma fehaciente… son buen ejemplo de ello.
El peor timo de la Transición fue dejar incólume el Poder Judicial. Los jueces franquistas pasaron de aplicar, con mano de hierro, la Ley de vagos y maleantes o de firmar sentencias de muerte a ser los garantes de la democracia… tiene bemoles la cosa.
El Partido Popular (creado por Manuel Fraga y otros seis “magníficos” altos cargos de la dictadura para, precisamente, mantener incólume el poder del franquismo y hacer cierta la frase del dictador de dejar en España todo “atado y bien atado”) se encargó, desde el mismo día de su fundación bajo el nombre de Alianza Popular en 1976, de conspirar, mangonear y vetar para que el Poder Judicial, reaccionario, nacional católico y de extrema derecha mantuviera su poder y el dominio de los altos estamentos de la Justicia: El Consejo General del Poder Judicial y, en consecuencia, el Tribunal Supremo, el Tribunal Constitucional y la Audiencia Nacional. No es posible creer, sin caer en la ingenuidad, que el PSOE consintió todos estos manejos durante casi cinco décadas sin darse cuenta de nada. No, no es posible. El PSOE fue colaborador necesario y eso formó parte del gran timo, bajo el que aún vivimos.
Y las cosas solo han ido a peor. Los derechos sociales, los servicios públicos y el Estado de Bienestar no han hecho más que deteriorarse paulatinamente desde el primer gobierno del PP, de la mano de José María Aznar, que tiene el triste orgullo de haber aprobado la Ley del Suelo que propició el hormigonado de todo el Levante español (que les pregunten por las consecuencias de ello a los habitantes de la comunidad valenciana), propició la crisis de la burbuja inmobiliaria y, de la mano de su sucesor M. Rajoy (sea quien sea esa persona como llegó a decir algún juez), rescató con 100.000 millones de euros a los bancos, a costa del erario y del empobrecimiento de la inmensa mayoría de los ciudadanos españoles.
Los casos Gürtel, CAM, Bárcenas, Campeón, Carioca, Fabra, Nóos, Palma Arena, Púnica… son solo algunos de los cientos en los que se han visto involucrados altos cargos del PP y el propio partido. Las mordidas por adjudicaciones fraudulentas de obras y servicios (que sirvieron, entre otras cosas, para que el PP se presentara a las elecciones nacionales, autonómicas o locales con más presupuesto que los demás) son legión y han llevado a que el Partido Popular fuera definido, en sede judicial y en varias ocasiones, como un asociación de delincuentes. ¿Qué ha quedado de todo esto? Casos sobreseídos o prescritos por dilaciones indebidas, condenas exiguas cuando no absoluciones escandalosas. En no pocos casos los condenados no han pisado la cárcel (a día de hoy falta que Eduardo Zaplana ingrese en prisión después de su condena en firme).
Nada de esto hubiera sido posible sin que la alta judicatura (hoy por hoy forman el Partido Judicial que no se presenta a las elecciones pero hace política a golpe de sentencia) se mantuviera, un día sí y otro también, en la prevaricación, la tergiversación, el abuso de poder, la mentira y la injusticia continuadas.
La mentira, el virus de la mentira es, hoy por hoy, el peor cáncer que padece el país. La alta judicatura, el PP y sus acólitos de VOX, los medios de comunicación (la inmensa mayoría de los escritos, entre ellos todos los de tirada nacional, las televisiones privadas y no pocas de las autonómicas) están contagiados por el virus de la mentira, y las consecuencias van en aumento: Ya estamos en metástasis. Los recientes acontecimientos de Valencia lo demuestran.
Alberto Núñez Feijóo, y sus acólitos, culpan al presidente del gobierno de los 220 muertos (a día de hoy) de la Dana mientras el verdadero responsable, el presidente de la autonomía valenciana, Carlos Mazón, despide a subalternos y miente con absoluta desfachatez. Tanto da que los reiterados datos oficiales y comprobables de la AEMET, de la UME, del 112, de funcionarios de la Generalitat o de los servicios de emergencia contradigan abiertamente al señor Mazón que sigue, impertérrito, sin asumir sus errores y culpando de ellos airadamente a Pedro Sánchez, a Teresa Ribera o a quien sea necesario. Lo dicho, es un virus; el virus de la mentira, que contagia a sus anchas a toda la extrema derecha de este país y a toda la alta judicatura que sigue mirando hacia otro lado, CGPJ, Fiscalía General del Estado y Fiscalía Anticorrupción incluidos.
Todo esto irá a más. De hecho, siguiendo su estilo de décadas de corrupción, el gobierno de Carlos Mazón ha empezado a adjudicar, a dedo y con urgencia, decenas de millones a empresas involucradas en anteriores casos de corrupción en la comunidad valenciana. Irá a más si no le ponemos remedio. “No hay mal que cien años dure”, ni argentino que lo resista, como decían algunos en la época de Videla… Nosotros, los españoles, vamos camino de contradecir el conocido refrán. Poco falta para 2036.